Relatos cortos

                LA OVEJA PERDIDA              

            Con mi bebé en brazos, miraba a través de la ventana  en una fría mañana de noviembre. Un rebaño de ovejas, acompañando al pastor y su perro se acercaba lentamente hasta detenerse frente a nuestro adosadísimo chalet.

        Transcurridos pocos minutos, el perro, siguiendo instrucciones ininteligibles de su amo, comenzó a dirigirlas mientras las obligaba a reanudar la marcha. El rebaño se alejaba. De repente... vi un corderito, ¡recién nacido!, ¡allí se quedaba sólo!, apenas podía mantenerse en pié. Bajé presta hasta la calle, con bebé incluido y me dispuse a llamar la atención del pastor diciendo:

        - ¡Pastor! ¡Pastor!, ¡eh! ¡Oiga!, ¡que se queda aquí un bebé cordero!, ¡pastor!...
El hombre no me oía o tal vez no quería oírme. Insistí, elevando una octava el tono:

        - ¡Eh! ¡Por Dios! ¿No me oye?, ¡que le falta un cordero!, ¡deténgase!.
Por fin se volvió hacia mí y  levantando su bastón al viento, me contestó mientras se alejaba:

        - ¡ceflou leiuha lopdad  puiefue, rogesolpue!- o algo parecido.

        ¡Dios mío!, ¡que podía hacer!, el cordero iba a morir irremisiblemente. Maldije a su madre: ¡asesina!, ¡cruel!, ¡animal!, que barbaridad abandonar así a su propio hijo, recién nacido. ¡No me extraña, si es que son torpes!, no hay más que mirarlas a la cara, son pánfilas, inexpresivas y simplonas. Y ¿el padre?, ¡Ja!, el presunto padre…, ¡a saber!.

         Había que actuar, y rápido. Entramos en casa, herví agua, 150 cc, calculé que pesaría entre 3 y 4 kilos, la vertí sobre un biberón después de templarla, añadí 5 cucharaditas rasas de leche en polvo, apliqué una tetina anatómica de velocidad media, probé la temperatura en mi antebrazo, cogí el biberón y al niño y salimos a dar su primer desayuno al desdichado animal.

        Mientras el bebé-cordero bebía, yo pensaba donde le pondríamos a dormir. Y claro,  mañana, ¡teníamos que trabajar !, tendría que pedir el día libre, pero alegando... ¡el qué! Ya me estaba imaginando la conversación telefónica con el departamento de Recursos Humanos.

        - ¡Hola, llamaba para deciros que estoy a cargo de un cordero abandonado  y no puedo ir a trabajar hasta que solucione el problema!...

        - Necesitarás un justificante.
        - Sí, ¿Pero de quién?
        - Del psiquiatra, supongo.

        En la puerta de nuestra casa estaba mi apuesto marido. ¡Por fin!, él sabría como actuar, él, siempre sabe qué hacer en situaciones límite, como la que nos acontecía.
        - ¡Rey!, ¿que hacemos con este cordero?, apenas puede caminar y el pastor se desentiende de él. ¿Dónde le pondremos?
        - En la cazuela primero y en el horno después, reina. Voy a comprar un buen tintorro.
        - ¡Salvaje! ¡Primitivo! ¡Inhumano!, ¿como puedes hablar así?, ¿no ves que acaba de nacer? - le reprendí, con un instinto maternal desbocado.

        Allí me quedé con el cordero mientras mi horrible marido entraba en casa con el niño. Le ofrecí al corderito mi compañía y mis palabras de aliento, rompiéndoseme el corazón con cada balido desesperado que emitía, y mirando siempre hacia donde había desaparecido la bruja de su madre, si es que se la podía mentar así.

        A las pocas horas divisé de nuevo el rebaño en el horizonte y en pocos minutos llegaron hasta nosotros. Mi marido salió de casa y se puso a hablar animadamente con el pastor. ¿En que idioma? (pensé).

        De pronto, de entre la multitud, surgió una oveja con otro corderito, tan pequeño como el que conmigo se hallaba, y éste, avanzó lentamente hacía ellos, balando rítmicamente. Los tres juntos se unieron lentamente al resto del rebaño.

        Mi marido se acercó a contarme lo que le había hecho saber el pastor: la oveja había parido gemelos, y  dejaba al más débil, incapaz de mantener el ritmo del rebaño,  descansando, llevándose al otro con ella, para volver más tarde y recogerle. ¡Que sabia la naturaleza, que inteligente la madre!, ¡que gentil, bondadosa y sensata para con su retoño!.Y yo, ¡qué equivocada estaba!

        Un año después, paseando con mi hijo (ya de la mano), y con mi marido, volvimos a presenciar el mismo acontecimiento. Allí quedó un corderito reponiendo fuerzas mientras su madre y su hermano se unían al rebaño que se alejaba.
        - ¡ceflou leiuha lopdad  puiefue, rogesolpue!- le dije al pastor tranquilamente.
        - ¡eb mekta cirte desqe ret as suojiebn! - contestó divertido.
        Preparamos el biberón y mi hijo disfrutó enormemente de la experiencia. Mi marido nos habló en términos culinarios y esperamos tranquilamente la llegada de sus congéneres, mientras, inmortalizábamos el momento haciéndonos fotos.


         Cuando retornó el rebaño y vimos a la madre y al hermano acercarse a nosotros,  nos despedimos del corderito con una suave caricia y percibí en el semblante de ella, una profunda mirada de agradecimiento; recibí el mensaje  tan claro como el día, de madre a madre, simplemente.

LA BELLEZA ES EFIMERA


Leyenda para los diálogos: 
- humanos
+ margaritas


Erase una vez, tres margaritas que se encontraban en el centro de una extensa y bella pradera, dos de ellas eran margaritas normales y corrientes, pero la tercera... ¡Ay! la tercera, ¡no existía en el mundo otra igual!, ¡qué belleza!, tan espigada, con sus pétalos tan blancos, ella se sabía bella, muy bella, y lo hacía notar constantemente a sus vulgares compañeras.


            + !Fijaros chicas, que preciosa soy!, como  me balanceo suavemente con la brisa de media tarde.
            + ¡Que suerte tienes!, ¡que preciosa eres!, en cambio nosotras... somos tan normales.
            + ¡Fijaros en mi verde tallo, en mis blancos pétalos, soy digna de esta primavera.
            + ¡Cuanto nos gustaría ser como tú!.
            + Me temo que no será posible... en fin, conformaros con el deleite que supone mi sola presencia.


Por el horizonte se aproximaba un automóvil, y al minuto descendió una pareja con una cesta de picnic y una manta de viaje que extendieron junto a las margaritas. Se sentaron a almorzar y a continuación se tumbaron al sol mientras hablaban de amor.


            - ¡Te quiero! -anunció ella contra todo pronóstico.
            - ¡Me extraña!. Demuéstramelo.- respondió él.
            - la naturaleza nos lo dirá, dijo ella - e incorporándose comenzó a mirar a su alrededor, fijándose en la preciosa margarita.
            - ¡Mira que margarita tan bonita!
            + ¡Se ha fijado en mí!, ¡chicas!, ¿habéis escuchado? - dijo espigándose aún más moviendo su cabeza con infinita coquetería.
            + A nosotras ni nos ha visto - se lamentó una de ellas.
            - Si, es preciosa. Ella nos sacará de dudas- afirmó él y extendiendo su largo brazo la agarró por el tallo y comenzó a tirar de ella.
            + ¡Ay! ¡Ay! que daño, pero ¡qué hace!, socorro chicas ayudadme!.
            - Esta bien enganchada - apuntó la chica.
            - Ya lo creo, debe tener buenas raíces - comentó mientras lo seguía intentando.
            + ¡Dios mío que horror!, ¡que dolor tan intenso!, no puedo más, voy a morir...
            + ¡Resiste!, ¡Resiste!
            + Adiós, compañeras, amigas, recordadme siempre.
            - ¡Por fin!, hasta las raíces han salido - dijo él comenzando a hacer lo propio. - me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere...
            + Adiós, adiós...me falta la sabia que me da la vida, muero.
            - me quiere, no me quiere, me quiere... y...  no me quiere.
            + Vaya, ¡encima sale que no le quiere, ¿de qué ha servido su muerte?
            - De nada, pero disimula, no quiera repetir.- comentó la otra mirando al suelo, con gesto disimulado.

           
Por fin, tiró lo que quedaba de ella al suelo, ¡ay! la preciosa margarita, con las raíces al aire, el tallo tronchado, los pétalos arrancados, no existía en el mundo margarita más horrorosa y fea.


            + ¡que fea está ahora!, con lo bonita que era...
            + ¡horrorosa, horrorosa!, quien lo iba a decir...

La pareja decidió volver a la ciudad y abandonaron la verde pradera en su potente auto.
           
FINAL PARA NIÑOS MENORES DE 6 AÑOS. (En vista de lo que lloró mi hijo cuando se lo narré una noche, decidí cambiar el final para niños pequeños o mayores sensibles).



De repente, el coche se detuvo, la joven bajó del coche, buscó la margarita y con sumo cuidado hizo un agujerito en el suelo junto a sus compañeras, y colocándola lo más recta posible, se alejó. Y allí quedó a merced del viento, falta de gracia, cabizbaja, triste, con un halo de vida, junto a sus compañeras de pradera.

            +He aprendido mucho en estos últimos minutos. Ahora me doy cuenta de lo efímera que es la belleza y la propia vida…

            + No te preocupes, volverán a salir tus pétalos, gracias a tus potentes raíces. Nosotras te ayudaremos en todo lo que podamos.

            + Al menos estoy viva… Nunca más volveré a hablar así. Lo importante no es la belleza exterior, que un día está y al día siguiente desapareció.

            - ¿Porqué me has hecho detener el coche? - preguntó el joven, extrañado por el comportamiento de ella. ¿Olvidaste algo?



            - Sí, olvidé que hay que respetar la vida de los demás, olvidé que un gesto nuestro, puede provocar el fin de la existencia de otros. Olvidé que nuestra libertad termina donde comienza la de los demás. Olvidé que no estamos solos, olvidé que somos más.



CHARLIE, SIETE LECHES.

         Una mañana de frío invierno sacaba mi coche del porche para dirigirme al trabajo. Al cerrar la verja y echar la cancela, me fijé en un extraño bulto color canela que había dentro de un tiesto vacío. Me acerqué sigilosa para ver que podía ser,  ¡Parecía un cachorro de perro!. Con la punta del zapato le atusé el lomo por ver si daba señales de vida o era ya un difunto de cuerpo presente. Levantó la cabeza y agachó las orejas mientras gemía sin parar.
        
         - ¡Pero bueno!, ¿tu quién eres y que haces aquí? - le pregunté horrorizada, sin saber que hacer. - No puedes quedarte aquí, que yo me voy a trabajar. ¡Maldición! ya podría haberse dado cuenta mi marido que hacía un rato que había salido también para el trabajo.

         - ¿cuanto tiempo tendrá este chucho? - me pregunté, y le levanté los mofletes para ver sus dientes. Ya los había cambiado pero no debía de hacer muchos meses, eran pequeñitos y afilados. El animal temblaba de frío y miedo, así que decidí prepararle un desayuno compuesto de un cacao bien caliente con galletas. ¡Que otra cosa podía darle! yo no había tenido un perro en mi vida.

         El animal se lo tomó encantado, a continuación  sin mediar palabra salió a la calle.

         Al volver por la tarde, ¡allí estaba!, en la puerta del jardín esperándome. Cuando llegó mi marido pensamos juntos qué podríamos hacer con él, y decidimos mantener una relación circunstancial. El recibiría comida  y cobijo donde dormir cada día,  pero por la mañana debía abandonar la casa. Incluso decidimos llevarle al veterinario y ponerle las vacunas necesarias, collares antiparásitos, etc.

         - Tendremos que ponerle un nombre - le dije a mi marido - ¿que te parece Charlie?, yo creo que le va muy bien. Es un perro de mundo, tan pequeño y mira lo bien que se busca la vida.

         Y así fue durante meses, era un perro muy independiente, rara vez exigía caricias o compañía, simplemente quería comer y dormir y a la mañana siguiente ya estaba esperando que la abriéramos la cancela.

         Paseando una tarde por los alrededores del pueblo, el perro adoptó una postura típica de perro de caza, la patita derecha delantera encogida, las orejas en punta, orientándolas una hacia ambos lados, el rabo tieso, y la mirada fija en el horizonte.

         - ¡Anda! ¡qué te parece!, ¡si es un perro de caza! - le anuncié a mi marido.

         - ¿qué habrá visto? , caramba con Charlie, es un perro cazador.

         Al minuto saló disparado atravesando un campo de cereales y de repente una perdiz emprendió el vuelo asustada.

         - ¡Vaya oído!, y ¡vaya vista! - me sorprendí, - debe tener antepasados cazadores.

         Efectivamente a los pocos días nos trajo a la puerta de la casa un pequeño topo muerto, y en otra ocasión un lagarto, y otro día un ratoncito de campo, en fin, ¡una delicia de animal!.

         Un día estando mis padres en casa les comentamos sus habilidades para la caza, a lo que mi padre se limitó a responder:
        
         - ¡Este perro es un Siete Leches!.

         - ¿Como? - le pregunté sin entender nada.

         - ¡Que tiene mas cruces que el cementerio de la Almudena! - explicó mi viejo - Así que de caza ¿eh?, ¡ja,ja!.

         - Bueno hombre, que sea chucho no le impide ser un buen cazador, además parece muy inteligente. - la defendí algo molesta por la observación.

         ¡Y de inteligente nada!, menuda nos organizó cuando una mañana se presentó con una gallina muerta en la boca. Nos la trajo tan contento, esperando que le alabáramos la hazaña, lo que no sabía Charlie es que la susodicha gallina era del vecino de la finca de enfrente, que tenía unas 30 o 40 gallinas blancas y una negra. ¡Y claro! el muy espabilado fue a fijarse en la negra.

         - ¡Charlie, por Dios! ¿qué has hecho? - le reprendí indignada. -¿qué vamos a hacer ahora?, podías haberte decantado por una blanca y todo solucionado, porque no creo que el vecino haga recuento cada amanecer como si de una prisión se tratara, pero ¡no!, tenías que matar la negra, la única negra.

         - Bueno mujer, no es para tanto, el perro no entiende de propiedades privadas.

         - ¡Siete Leches! - apuntillé.

         - Vamos a hablar con el vecino, le decimos lo que ha ocurrido y se la pagamos.

         - ¿Y cuanto vale una gallina viva? - pregunté incrédula.
        
         - ¡No se!, ¿cuanto vale una gallina muerta? - preguntó mi marido

         - Pues unas ciento y pico pts el kilo, aproximadamente. En total unas 400 pts, si pesa algo más de 3 kilos. - calculé.

         - Si claro, pero las gallinas muertas, no ponen huevos y en cambio las vivas...

         - Si además si esta es negra, lo mismo es mejor que las otras, y pone más huevos... yo que sé. ¡Maldito Siete Leches!

         - Sin embargo, los buenos pintores, valen más una vez que ya han fallecido. - observó mi marido.- Venga vamos, cuanto antes solucionemos este problema, mejor. Coge dinero.

         - ¡Pero cuanto!. yo sólo llevo en el monedero unas cuantas monedas de 20 duros.

         - Yo tengo 2000 pts encima  Pero no sé chica, coge la chequera por si acaso.

         - ¿la chequera?, a ver si nos van a ejecutar la hipoteca por una vulgar gallina...

         - Vulgar no, que era la única negra.

         Y nos dirigimos a la casa del vecino apesadumbrados,  con Charlie pisándonos los talones, con el cuerpo del delito en una bolsa de plástico y sin saber qué decir exactamente. Claro, si el perro es nuestro, ¿qué demonios hacía suelto?, pensé que nos preguntaría con toda la razón del mundo.

         - Hola, somos los vecinos de enfrente, venimos a preguntarle si se ha dado cuenta de que le falta una gallina.

         - ¡Ea!  - arguyó el hombre. -  la mujer me lo dijo.

         - Esta aquí. - le dije mientras le entregaba la bolsa  y Charlie ladraba y movía la cola feliz y contento.

         - ¡Calla Siete Leches!. Nuestro perro la trajo a casa...- le dije mientras me echaba mano a las monedas de mi vaquero.

         - ¡A ve! -  respondió.

         -   Es que es cazador ¿sabe? - le especificó mi marido mientras se echaba mano a las 2000 pts del bolsillo de su camisa.

         - ¡Digo! - remató.

         - Habíamos pensado que si nos dice lo que cuesta una gallina viva.. se la pagamos encantados. - le tranquilicé.

         - ¡La Negra! - especificó.

         - ¡Si, la Negra! - le insistí mientras echaba mano a la chequera.

         - ¡Esperen, que llamo a la mujer! - y desapareció.

         - ¡Que hombre más escueto! - le dije a mi marido - espero que “La Mujer” sea más expresiva. No veas que apuro estoy pasando, mañana lo sabrá todo el pueblo.

         - ¡Hola! - dijo la mujer. Ya me ha contado mi marido, pero no entiendo por qué me la quieren pagar.

         - Es lo propio, ya que nosotros somos los responsables del perro y ...

         - ¡Pero si ya estaba muerta!, la gallina negra murió anteayer, de puro vieja. Lo único que ha hecho el chucho es cogerla de la basura donde yo misma la dejé. Id con Dios y no preocuparos más.


         - ¡Bendito Sieteleches! 


MODERNA CONFUSIÓN.    

            - ¿Donde estará este chico? - se preguntaba la mujer mirando una vez más el reloj de su muñeca. Se acercó a la ventana del salón, donde suavemente golpeaban las gotas de lluvia. - Si no llega en 15 minutos tendré que irme en autobús a Madrid y me da una pereza horrible, ¡con lo que está lloviendo!.
            - No te preocupes, seguro que aparece a la hora en punto. - le aseguró su hija.
            - ¡ Qué va! , estará por ahí con los amigotes... pasándolo bomba... y claro, como para acordarse de su anciana madre.
            - Mujer, es normal, recuerda que hoy es su primer día de vacaciones.
            - ¡Vacaciones! ¿y yo cuando tengo vacaciones ? las madres no tenemos vacaciones.
            - Mujer no exageres - le respondí, solo comprendiéndola bastantes años después.
            - ¿Por qué no le llamas al móvil? - añadí.
            - Es una buena idea, marca tú que no tengo aquí “las de cerca” - dijo mientras yo descolgaba el teléfono y se lo ofrecía a ella.
                - ¡Ring! ¡ Ring!- sonaba al otro lado de la línea.
            - ¿si?- contestó una voz somnolienta.
            - Hola hijo, soy tu madre, ¿no piensas venir a buscarme para llevarme a Madrid?.
            - Pues claro, pero, ¿donde estás?.
            - Pues aquí, en casa, donde voy a estar..., esperándote, viendo la tele.... Y tu ¿cuanto vas a tardar en venir?.

            - Pues los 10 segundos que separan mi dormitorio del salón, mami, estaba durmiendo la siesta.- dijo apareciendo por la puerta con el móvil en la oreja.

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